miércoles, 1 de julio de 2009

La derrota del comunismo

No hay totalitarismo ni, por lo tanto, comunismo, con rostro humano.
Ignacio Sánchez CámaraCasi 20 años después del derribo (lo de caída, aunque se ha impuesto, parece aludir a un accidente indeliberado) del Muro de Berlín, es evidente que el comunismo ha fracasado (valga el piadoso eufemismo) por sus errores y, sobre todo, por sus horrores, pero no lo es que haya sido definitivamente derrotado.
El imperio comunista soviético perdió, sin duda, la llamada guerra fría. Gracias, principalmente, a tres grandes del siglo pasado: Juan Pablo II, Reagan y Thatcher. Pero el comunismo sigue vivo, aunque un poco acomplejado y a la defensiva, ya que, al menos en Occidente, tiende a encubrirse y ocultar su identidad. No se trata de una disputa más o menos académica sobre la valoración del marxismo. Lo que hay es que allí donde se ha implantado el comunismo, sin distinción de culturas y tradiciones, ha sembrado el terror. Conmemorábamos hace unos días, el 5 de junio, el vigésimo aniversario de la matanza de la plaza de Tiananmen en Pekín.
Veinte años después, el Partido Comunista chino continúa negándola. Mucho ha cambiado en China en los últimos años, pero la represión comunista y el odio a la verdad permanecen inmutables.
Oficialmente nada pasó. En realidad, la mayor parte de los cuerpos desaparecieron. Pero en China, aún hoy está prohibido mencionar la matanza. Como afirma Guy Sorman, el terror comunista no tiene nada que ver con la tradición milenaria china; por el contrario, entraña su destrucción masiva. Pero no es sólo China. Asia, en general, ha sido asolada por el comunismo: Camboya, Corea, Vietnam,… También sigue vigente en países de África y en Iberoamérica, no sólo en Cuba, pues el régimen de Chávez, aliado de Castro, exporta a otros países una ideología de raíz y fines comunistas. El polaco Andrzej Wajda ha dirigido una película sobre la matanza de Katyn, perpetrada por las tropas de la URSS en 1940.
Unos veintidós mil oficiales y unos millares de ciudadanos polacos fueron asesinados por las tropas soviéticas, tras la invasión y la derrota de Polonia después del pacto entre Molotov y Ribbentrop. La propaganda comunista responsabilizó a los nazis de la matanza, pero la verdad terminó por imponerse. La película termina con la terrible escena de la ejecución masiva.
Sin mensaje final; sólo con la exposición de la tragedia y con el don del poder de la memoria. Pero el director polaco ha sabido otorgar a la memoria un poder redentor en el que no desaparece ni está excluido el perdón. Revel escribió un ensayo sobre el modo como terminan las democracias. Acaso convendría reflexionar también sobre el final de los regímenes totalitarios. Nunca han acabado mediante reformas democratizadoras o liberalizadoras. Siempre lo han hecho mediante su propio hundimiento.
El comunismo, como el totalitarismo en general, no tiene enmienda, salvo a la totalidad. Las democracias pueden quizá coexistir con el comunismo, pero la lucha (no necesariamente bélica) contra él es, más incluso que una exigencia derivada de la propia supervivencia, un inexcusable deber moral hacia sus víctimas.
Fingir que vivimos en una comunidad internacional asentada sobre los derechos humanos y las libertades fundamentales es una falsedad. Y nada bueno cabe esperar del error y la mentira. No hay totalitarismo, ni, por lo tanto, comunismo, con rostro humano. No creo que pueda afirmarse que el comunismo haya sido derrotado.

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