El procurador general de Colombia, Alejandro Ordóñez, anunció hoy la apertura de una investigación preliminar por corrupción política, que involucra a congresistas, quienes presuntamente recibieron beneficios a cambio de apoyar la reelección presidencial.
Según Ordóñez, la pesquisa responde a una denuncia interpuesta por el ex superintendente de Notariado y Registro Manuel Guillermo Cuello, quien aseveró que varios legisladores recibieron notarias como pago por favorecer la reelección presidencial de Álvaro Uribe. Con las pruebas que se tienen hasta el momento, dijo el procurador, se está abriendo una investigación disciplinaria que busca establecer si hay funcionarios públicos vinculados en estas aparentes irregularidades.
En una declaración ante la Corte Suprema de Justicia, Cuello denunció que desde el gobierno se orquestó una operación para pagarles a los congresistas que votaron la reelección presidencial con notarias para sus amigos.
El ex superintendente narró a los jueces cómo el mismo Uribe coordinó una inescrupulosa operación de captación de votos de congresistas, la que ejecutaron personajes vinculados muy estrechamente a su gobierno. De acuerdo con observadores, las denuncias de Cuello sobrecogen, pues precisa con nombres, hechos, época y circunstancias dichas irregularidades, además que deja al deja al desnudo que en la actual administración hace tiempo se instaló la corrupción.En tanto, el procurador se abstuvo de mencionar los nombres de los posibles investigados, dado que se trata de una pesquisa preliminar.
No obstante, explicó que para esta investigación fue designada la procuradora delegada ante la función pública.
La Procuraduría General de la Nación es la entidad que representa a los ciudadanos colombianos ante el Estado y es el máximo organismo del Ministerio Público, conformado además por la Defensoría del Pueblo, la Personería.
viernes, 17 de julio de 2009
miércoles, 1 de julio de 2009
La derrota del comunismo
No hay totalitarismo ni, por lo tanto, comunismo, con rostro humano.
Ignacio Sánchez CámaraCasi 20 años después del derribo (lo de caída, aunque se ha impuesto, parece aludir a un accidente indeliberado) del Muro de Berlín, es evidente que el comunismo ha fracasado (valga el piadoso eufemismo) por sus errores y, sobre todo, por sus horrores, pero no lo es que haya sido definitivamente derrotado.
El imperio comunista soviético perdió, sin duda, la llamada guerra fría. Gracias, principalmente, a tres grandes del siglo pasado: Juan Pablo II, Reagan y Thatcher. Pero el comunismo sigue vivo, aunque un poco acomplejado y a la defensiva, ya que, al menos en Occidente, tiende a encubrirse y ocultar su identidad. No se trata de una disputa más o menos académica sobre la valoración del marxismo. Lo que hay es que allí donde se ha implantado el comunismo, sin distinción de culturas y tradiciones, ha sembrado el terror. Conmemorábamos hace unos días, el 5 de junio, el vigésimo aniversario de la matanza de la plaza de Tiananmen en Pekín.
Veinte años después, el Partido Comunista chino continúa negándola. Mucho ha cambiado en China en los últimos años, pero la represión comunista y el odio a la verdad permanecen inmutables.
Oficialmente nada pasó. En realidad, la mayor parte de los cuerpos desaparecieron. Pero en China, aún hoy está prohibido mencionar la matanza. Como afirma Guy Sorman, el terror comunista no tiene nada que ver con la tradición milenaria china; por el contrario, entraña su destrucción masiva. Pero no es sólo China. Asia, en general, ha sido asolada por el comunismo: Camboya, Corea, Vietnam,… También sigue vigente en países de África y en Iberoamérica, no sólo en Cuba, pues el régimen de Chávez, aliado de Castro, exporta a otros países una ideología de raíz y fines comunistas. El polaco Andrzej Wajda ha dirigido una película sobre la matanza de Katyn, perpetrada por las tropas de la URSS en 1940.
Unos veintidós mil oficiales y unos millares de ciudadanos polacos fueron asesinados por las tropas soviéticas, tras la invasión y la derrota de Polonia después del pacto entre Molotov y Ribbentrop. La propaganda comunista responsabilizó a los nazis de la matanza, pero la verdad terminó por imponerse. La película termina con la terrible escena de la ejecución masiva.
Sin mensaje final; sólo con la exposición de la tragedia y con el don del poder de la memoria. Pero el director polaco ha sabido otorgar a la memoria un poder redentor en el que no desaparece ni está excluido el perdón. Revel escribió un ensayo sobre el modo como terminan las democracias. Acaso convendría reflexionar también sobre el final de los regímenes totalitarios. Nunca han acabado mediante reformas democratizadoras o liberalizadoras. Siempre lo han hecho mediante su propio hundimiento.
El comunismo, como el totalitarismo en general, no tiene enmienda, salvo a la totalidad. Las democracias pueden quizá coexistir con el comunismo, pero la lucha (no necesariamente bélica) contra él es, más incluso que una exigencia derivada de la propia supervivencia, un inexcusable deber moral hacia sus víctimas.
Fingir que vivimos en una comunidad internacional asentada sobre los derechos humanos y las libertades fundamentales es una falsedad. Y nada bueno cabe esperar del error y la mentira. No hay totalitarismo, ni, por lo tanto, comunismo, con rostro humano. No creo que pueda afirmarse que el comunismo haya sido derrotado.
Ignacio Sánchez CámaraCasi 20 años después del derribo (lo de caída, aunque se ha impuesto, parece aludir a un accidente indeliberado) del Muro de Berlín, es evidente que el comunismo ha fracasado (valga el piadoso eufemismo) por sus errores y, sobre todo, por sus horrores, pero no lo es que haya sido definitivamente derrotado.
El imperio comunista soviético perdió, sin duda, la llamada guerra fría. Gracias, principalmente, a tres grandes del siglo pasado: Juan Pablo II, Reagan y Thatcher. Pero el comunismo sigue vivo, aunque un poco acomplejado y a la defensiva, ya que, al menos en Occidente, tiende a encubrirse y ocultar su identidad. No se trata de una disputa más o menos académica sobre la valoración del marxismo. Lo que hay es que allí donde se ha implantado el comunismo, sin distinción de culturas y tradiciones, ha sembrado el terror. Conmemorábamos hace unos días, el 5 de junio, el vigésimo aniversario de la matanza de la plaza de Tiananmen en Pekín.
Veinte años después, el Partido Comunista chino continúa negándola. Mucho ha cambiado en China en los últimos años, pero la represión comunista y el odio a la verdad permanecen inmutables.
Oficialmente nada pasó. En realidad, la mayor parte de los cuerpos desaparecieron. Pero en China, aún hoy está prohibido mencionar la matanza. Como afirma Guy Sorman, el terror comunista no tiene nada que ver con la tradición milenaria china; por el contrario, entraña su destrucción masiva. Pero no es sólo China. Asia, en general, ha sido asolada por el comunismo: Camboya, Corea, Vietnam,… También sigue vigente en países de África y en Iberoamérica, no sólo en Cuba, pues el régimen de Chávez, aliado de Castro, exporta a otros países una ideología de raíz y fines comunistas. El polaco Andrzej Wajda ha dirigido una película sobre la matanza de Katyn, perpetrada por las tropas de la URSS en 1940.
Unos veintidós mil oficiales y unos millares de ciudadanos polacos fueron asesinados por las tropas soviéticas, tras la invasión y la derrota de Polonia después del pacto entre Molotov y Ribbentrop. La propaganda comunista responsabilizó a los nazis de la matanza, pero la verdad terminó por imponerse. La película termina con la terrible escena de la ejecución masiva.
Sin mensaje final; sólo con la exposición de la tragedia y con el don del poder de la memoria. Pero el director polaco ha sabido otorgar a la memoria un poder redentor en el que no desaparece ni está excluido el perdón. Revel escribió un ensayo sobre el modo como terminan las democracias. Acaso convendría reflexionar también sobre el final de los regímenes totalitarios. Nunca han acabado mediante reformas democratizadoras o liberalizadoras. Siempre lo han hecho mediante su propio hundimiento.
El comunismo, como el totalitarismo en general, no tiene enmienda, salvo a la totalidad. Las democracias pueden quizá coexistir con el comunismo, pero la lucha (no necesariamente bélica) contra él es, más incluso que una exigencia derivada de la propia supervivencia, un inexcusable deber moral hacia sus víctimas.
Fingir que vivimos en una comunidad internacional asentada sobre los derechos humanos y las libertades fundamentales es una falsedad. Y nada bueno cabe esperar del error y la mentira. No hay totalitarismo, ni, por lo tanto, comunismo, con rostro humano. No creo que pueda afirmarse que el comunismo haya sido derrotado.
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